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Castigado desde el cielo

La memoria de un ángel sin alas

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≈ 22 min de lectura8 capítulosEspañol

Capítulo I

Cada mañana ella se despertaba temprano para hacerse cargo de los quehaceres de la casa.

Era una figura solitaria. Sus padres habían partido en busca de oro y ella se había quedado sola en aquella vivienda modesta, aprendiendo a sostener el día con sus propias manos. De vez en cuando llegaban cartas preguntando cómo estaba, si tenía suficiente comida, si algo le faltaba.

Ella siempre respondía lo mismo:

—No, querido padre. Aquí nunca pasa nada.

Y durante mucho tiempo aquello fue verdad.

Los días se repetían uno tras otro, idénticos, como si el mundo que la rodeaba hubiera olvidado cambiar. El agua hervía. El polvo volvía a levantarse. Las velas se consumían. Y el cielo pasaba del azul al gris y otra vez al azul sin dejar en su corazón nada distinto.

Hasta que una tarde apareció una tormenta.

No era una tormenta cualquiera. Era tan oscura que las velas apenas lograban sostener la luz dentro de la habitación. Mientras el viento comenzaba a golpear la casa, ella cerró puertas y ventanas y dejó todo preparado para resistir la noche. Era cuidadosa con sus tareas. Le gustaba pensar que, mientras hiciera todo bien, el mundo también permanecería en orden.

Antes de apagar la última vela, miró hacia el cielo y susurró:

—Por favor, Dios… protege a mis padres. Y deja que todo esto pase pronto.

La tormenta siguió avanzando, pero había algo extraño.

No caía lluvia.

No había truenos.

Ni siquiera relámpagos.

Solo nubes negras.

Aquello la inquietó. Se acercó lentamente a la ventana y apartó apenas la cortina.

Entonces lo vio.

Entre los brillos que atravesaban las nubes parecía que alguien estaba luchando. No podía distinguir rostros, únicamente siluetas oscuras moviéndose en lo alto. Pero aquellas sombras peleaban con una furia terrible, como si quisieran destruirse mutuamente, como si cada una intentara cumplir una misión que ella no podía comprender.

Asustada, retrocedió y corrió hacia su habitación.

Aun así, no pudo dejar de mirar.

Cada vez que las espadas chocaban en el cielo, pequeñas chispas iluminaban las nubes por un instante. Y en aquellos destellos las figuras volvían a aparecer: una, luego otra, después varias más, suspendidas sobre el mundo como si la tormenta fuera apenas el telón detrás de una guerra que nadie debía contemplar.

Con el corazón acelerado, se preguntó en voz baja:

—¿Cómo es posible… que en el cielo ocurra tal cosa?

La última chispa se apagó.

Y con ella, también las figuras.

Capítulo II

Cuando todo terminó, el cielo volvió lentamente a su color azul de siempre.

La tormenta desapareció como si nunca hubiera existido.

Ella trató de convencerse de que quizá todo había sido un sueño. Continuó con sus quehaceres, ordenó la casa, recogió agua y encendió el fuego, pero cada tarea parecía devolverla a la misma imagen: espadas brillando entre las nubes y cuerpos peleando donde ningún cuerpo debía estar.

Finalmente decidió ir al pueblo.

Quería saber si alguien más había notado algo extraño la noche anterior.

Pero cuando preguntó a los aldeanos, estos comenzaron a mirarla con cierto desdén.

—¿De qué hablas, muchacha? —dijo uno de ellos.

—Anoche no pasó nada —respondió otro.

Poco a poco comenzaron a murmurar entre ellos.

—¿Qué le sucede a esa chica?

—La ausencia de sus padres la está volviendo un poco loca…

—Me da mucha pena por ella.

Así hablaban los adultos de la comarca mientras la observaban con una mezcla de lástima y desconfianza.

Ella se quedó en silencio.

Porque sabía lo que había visto.

Y también sabía, en un lugar muy hondo de sí misma, que aquello no había terminado.

Sin embargo, al escuchar tantas voces negándolo, una duda comenzó a abrirse paso.

¿Y si realmente había enloquecido?

Para despejar su mente decidió ir al riachuelo, como hacía siempre, a llenar sus cántaros de agua. El lugar era tranquilo y el sonido de la corriente solía devolverle un poco de calma.

Pero ese día algo cambió.

A lo lejos vio a un hombre.

Su rostro estaba cubierto de cortes y heridas. Tenía una presencia dominante, casi pesada, como si el aire a su alrededor se volviera más denso. Su ropa estaba desgarrada. Y en su espalda quedaban dos restos oscuros… dos formas mutiladas que alguna vez pudieron haber sido alas.

Ella se acercó con curiosidad, lo suficiente para observarlo, pero no tanto como para incomodarlo.

Por un momento el riachuelo dejó de sonar.

O quizá fue ella quien dejó de escucharlo.

Aquel ser parecía pertenecer a la misma pesadilla que había cruzado el cielo la noche anterior.

Sin saber por qué, unos versos comenzaron a formarse dentro de su pensamiento.

I
Eras un ser exiliado del cielo,
o un prisionero de esta tierra;
que tal vez la vida te conceda consuelo
antes del final que te espera.
II
Sentía, muy dentro de sus pensamientos,
curiosidad por aquella forma herida.
Era una criatura nacida de los cuentos,
de esas historias a las que su mente daba vida.
III
El cielo y sus misterios ya no eran bellos;
eran los restos de un recuerdo incierto:
un hombre despedazado entre destellos,
como si el cielo lo hubiese arrojado muerto.

(Pensamiento de ella).

El último verso se deshizo en su mente y, con él, regresó el miedo.

Aquel hombre no transmitía paz.

Al contrario… su presencia creaba un ambiente peligroso, casi dañino.

Ella dio un paso hacia atrás.

—Creo que no es buena idea acercarme —se dijo mientras comenzaba a alejarse.

Mientras regresaba a casa, una idea terrible comenzó a rondar su mente.

¿Y si aquel hombre la había seguido?

¿Y si algo malo iba a pasarle?

Estaba sola. Y apenas podría defenderse si algo ocurría.

Con el corazón inquieto se encerró en su casa y no volvió a salir. Solo hizo las tareas mínimas para cumplir con sus obligaciones diarias.

La noche pasó lenta.

A la mañana siguiente decidió ir al pueblo.

Pero en el camino vio algo extraño en el suelo.

Eran pequeñas gotas de un color púrpura intenso, tan brillantes como un zafiro bajo la luz del sol.

Se inclinó para tocarlas.

No eran líquidas.

Eran sólidas.

Pequeñas piedras preciosas.

—¿De dónde provienen? —se preguntó mientras las observaba.

Decidió llevar algunas al pueblo y mostrarlas a los habitantes de la comarca.

Para ella eran hermosas.

Pero cuando las enseñó, los aldeanos apenas las miraron.

—Solo son piedras —dijo uno de ellos.

—La muchacha ya perdió la cordura —murmuró otro.

Ellos estaban convencidos de que la soledad la estaba volviendo loca.

Pero en su interior ella recordaba la batalla en las nubes. Recordaba al ser herido junto al riachuelo. Y también recordaba con claridad el brillo violeta que ahora parecía existir únicamente para sus ojos.

Confundida, como si estuviera atrapada en un sueño demasiado profundo, se preguntó:

—¿Estoy realmente loca? ¿Algo anda mal en mí? Tal vez la soledad me hizo imaginarlo todo…

Miró las piedras una última vez.

Y por primera vez deseó que los aldeanos tuvieran razón.

Capítulo III

Con esa idea en mente arrojó las piedras al río y las vio brillar mientras el sol tocaba su superficie.

Se quedó observando el agua.

Entonces algo la hizo detenerse.

—Espera…

Aquello no podía ser locura.

Si las piedras no existían, ¿cómo podía recordar con tanta precisión el punto exacto donde habían caído? ¿Cómo podía seguir viendo su destello bajo el agua mientras el resto del mundo insistía en que eran simples rocas?

Se acercó al río para recuperarlas.

Justo cuando extendía la mano hacia la corriente, una voz surgió entre la maleza.

—La ambición humana por las cosas preciosas no tiene límite… ¿verdad, muchacha?

Ella se sobresaltó.

Entre los arbustos apareció el hombre que había visto junto al riachuelo. Estaba más malherido que antes. Uno de los restos de sus alas colgaba de forma extraña y cada paso parecía obligarlo a recordar una herida distinta.

—Ven aquí —continuó él con una voz grave y cansada—. Si quieres más piedras, te las daré.

Luego añadió con una ligera sonrisa amarga:

—Pero solo pueden verlas quienes poseen un corazón puro. Para el resto del mundo… serán simples piedras.

Antes de que ella pudiera preguntarle qué quería decir, tomó una daga y se hizo un profundo corte sobre la muñeca izquierda.

La muchacha abrió los ojos con horror.

Las gotas de sangre comenzaron a caer.

Y antes de tocar la tierra…

se transformaron en pequeños zafiros.

El mismo púrpura.

El mismo brillo.

La misma sangre que ella había estado cargando entre las manos sin saberlo.

—Tómalos —dijo él con dificultad—. Son tuyos.

Respiró con pesadez antes de continuar.

—Estoy demasiado enfermo y herido para hacerte daño… así que me alejaré un poco. Guárdalos tú.

Miró las piedras que brillaban en el suelo.

—Aunque para el mundo no tengan valor… tu corazón bondadoso puede cuidarlas.

Ella ya no sabía qué le daba más miedo: aquel hombre, su sangre convertida en piedras o la certeza de que su locura acababa de responderle.

Él observó el cántaro que llevaba entre las manos.

—No necesito mucho para mejorar un poco —murmuró—. Solo un vaso de agua.

Ella sintió miedo.

Pero también vio la forma en que él intentaba mantenerse de pie.

Así que dejó el cántaro exactamente donde habían caído las gotas de sangre y retrocedió unos pasos.

El hombre se acercó lentamente y bebió.

El agua pareció devolverle algo de fuerza.

Solo algo.

Entonces ocurrió.

En el cielo se escuchó un ruido gigantesco.

El aire mismo pareció romperse.

Un grupo de seres extraños apareció entre las nubes oscuras. No descendieron del todo. Permanecieron suspendidos sobre ellos, como jueces que no necesitaban pisar la tierra para dictar una sentencia.

Sus voces cayeron una tras otra.

—Desobediencia.

—Crímenes.

—Robos.

—Inmoralidad.

—Desprecio por el lugar del que provienes.

El hombre levantó la mirada hacia el cielo.

Luego se volvió hacia ella.

—Vete —le ordenó con firmeza—. Aléjate lo más posible.

No quería contaminarla con sus propios actos.

No quería arrastrarla a su destino.

Tomó su daga con la poca fuerza que le quedaba y levantó la voz hacia las figuras que flotaban sobre él.

—¡Si tan culpable soy, bajen y terminen conmigo!

Respiró con dificultad.

—Ya no tengo nada.

—He abandonado todo para hacerlos felices…

Sus ojos brillaban entre dolor y rabia.

—¿Y así es como termino?

—Herido. Mutilado.

—Sobreviviendo en un lugar que me rechaza aún más de lo que me observa.

El viento guardó silencio por un momento.

Como si el mundo estuviera esperando la respuesta del cielo.

Mientras ella retrocedía, incapaz de decidir si huir o quedarse, el hombre volvió a levantar la voz.

—¡No me arrepiento de ninguno de mis crímenes!

Las figuras no se movieron.

—Haberle dado de mi sangre a una humana para que sobreviviera… está en nuestra naturaleza. ¿O acaso también han convertido la compasión en delito?

Respiró con dificultad, pero continuó.

—Se nos prohibió entrometernos directamente en este mundo. Lo sé.

Sus ojos se llenaron de furia.

—¿Y aun así quieren castigar la empatía con un veredicto final?

El cielo permaneció en silencio.

—No me arrepentiré de lo que hice… ni de lo que haré.

Bajó la mirada por un instante.

—A pesar de ya no tener nada.

—Solo me queda esperar mi final.

Luego levantó la daga y gritó hacia las nubes:

—¡Bajen y terminen de una vez con mi sufrimiento!

Sus palabras se volvieron más duras.

—Para ustedes es muy fácil juzgar.

—Pero ayudar… ayudar parece ser como apuñalar su propio corazón.

Miró nuevamente a aquellas figuras.

—Seres que dicen ser superiores… y que solo saben obedecer reglas que ustedes mismos crearon.

El cielo quedó en silencio.

Como si las nubes estuvieran decidiendo si su sentencia ya estaba escrita.

Al final, las voces respondieron.

—Te daremos unos días para que desfallezcas.

—Después… tu destino será cumplido.

Un relámpago atravesó las nubes.

Y el tribunal desapareció.

Capítulo IV

El ángel caído se quedó sentado junto al río, sin fuerzas.

Tomó el cántaro y bebió otro poco de agua.

Una sonrisa cansada apareció en su rostro.

Los seres superiores no se habían dado cuenta de algo importante.

Ella lo había visto.

Ella lo había reconocido.

Y después de tantos años siendo una sombra para el mundo, aquello bastaba para hacerlo feliz.

Con ese pequeño consuelo se quedó dormido, esperando pacientemente su muerte.

Cuando despertó, la muchacha estaba sentada a cierta distancia.

Había regresado.

Todavía parecía asustada, pero ya no lo observaba como a una criatura nacida de una pesadilla. Ahora había otra cosa en sus ojos.

Una pregunta.

—¿Por qué yo sí puedo verte… y el resto no?

El ángel caído miró el riachuelo.

Durante unos segundos no respondió.

La corriente seguía avanzando como si aquel lugar no guardara ningún secreto.

—No es una casualidad —dijo al fin.

Señaló el agua con la mirada.

—Hace muchos años tu madre cruzó por este mismo sitio.

La muchacha frunció el ceño.

—Mi madre nunca me habló de eso.

—Porque ella nunca supo que yo estaba aquí.

El ángel hundió los dedos en la tierra húmeda. Parecía reconstruir el recuerdo mientras hablaba.

—Te llevaba en sus brazos. Eras tan pequeña que apenas podías sostener la cabeza. Resbaló junto a la orilla… y caíste al agua.

La muchacha dejó de respirar por un instante.

—Entraste en un sueño profundo. Uno del que tu cuerpo no sabía cómo regresar.

El sonido del río pareció hacerse más fuerte.

—Tu madre gritaba. Te apretaba contra su pecho. Pedía ayuda a cualquiera que pudiera escucharla.

Él sonrió con tristeza.

—Yo estaba de guardia.

—¿Y ella te vio?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Los humanos no debían vernos. Y nosotros no debíamos intervenir.

Hizo una pausa.

—Pero tú te estabas apagando entre sus brazos.

La muchacha bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos.

—Entonces te di de mi sangre.

El viento rozó la superficie del agua.

—Arriba, de donde yo vengo, la vida de ustedes es efímera. Aquí pueden pasar años mientras allá apenas transcurren unas horas. Pensé que nadie lo notaría. Pensé que salvar una vida tan breve no podía ser un crimen tan grande.

Soltó una risa sin alegría.

—Me equivoqué.

La muchacha lo miró.

—¿Por eso comenzó tu castigo?

—Por eso comenzó todo.

Él levantó la mano herida y contempló la sangre seca alrededor de la muñeca.

—Tu madre nunca me vio. Pero tú… aun siendo un bebé… abriste los ojos y me miraste.

Su voz se volvió más suave.

—Mi sangre se mezcló con tu vida. Tal vez una parte de mí quedó contigo. Tal vez por eso, cuando todos miran una piedra, tú puedes ver lo que realmente es.

Ella recordó los zafiros púrpura bajo el sol.

Y por primera vez no le parecieron hermosos.

Le parecieron una deuda.

—Entonces ya me habías salvado antes de conocerme.

El ángel negó lentamente.

—No me debes nada.

—Pero te están matando por eso.

Él guardó silencio.

Y ese silencio respondió por él.

Capítulo V

El ángel desvió la mirada.

—Ahora te pido que te alejes.

—Mi destino está sellado.

Respiró profundamente antes de terminar:

—Si te llevo conmigo ante ese juicio… todo lo que hice no habría tenido sentido.

Ella lo miró con determinación.

—No pueden ser tan crueles.

Se acercó un poco más.

—Así como dices que mi raza puede ser avarienta… ustedes parecen absolutos. Se rigen únicamente por su propia moral y después llaman justicia a todo lo que deciden.

Mientras hablaba, tomó un pañuelo y comenzó a limpiar con cuidado la sangre seca de su rostro.

El ángel intentó apartarse.

Ella no se lo permitió.

El pañuelo se fue tiñendo poco a poco de un hermoso color púrpura.

La muchacha lo observó durante unos segundos y sonrió apenas.

—Tranquilo… estarás bien.

—No deberías prometer cosas que no puedes cumplir.

—Y tú no deberías decidir por mí a quién puedo ayudar.

Aquella respuesta lo dejó sin palabras.

Ella continuó limpiando sus heridas.

—Tu historia puede parecer imposible. Tal vez una parte de ella incluso me dé miedo. Pero tú eres distinto al mundo que te está juzgando.

Lo miró directamente.

—Y eso es suficiente para que yo te tienda la mano.

El ángel caído respondió con una sonrisa triste.

—Si de verdad quieres ayudarme… tráeme algo de comida y un poco más de agua.

Su voz se volvía cada vez más débil.

—Con eso… estaré completamente bien.

Lo dijo con demasiada calma.

Ella no lo notó.

Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, algo había cambiado en sus ojos. No era esperanza. Era la quietud de quien ya había tomado una decisión.

Cuando intentó levantarse, la pierna derecha apenas respondió.

Los tendones estaban demasiado dañados.

Y ahora, con el profundo corte de su muñeca, su cuerpo comenzaba a fallar.

Estaba entrando lentamente en un estado de incapacidad.

Ella, aferrada a su decisión de ayudarlo, caminó con prisa y con una fuerza que ni ella misma sabía que tenía, guiándolo hacia su casa.

Cada pocos pasos él tropezaba.

Cada pocos pasos ella volvía a sostenerlo.

El viento soplaba con un tono extraño.

Entonces los trinos de las aves cambiaron.

Primero fue uno.

Después otro.

Poco a poco, el bosque entero pareció responder.

Los animales comenzaron a entonar una especie de canto de réquiem.

El ángel levantó el rostro hacia las copas de los árboles.

—Sabes… cuando uno de nosotros perece, la naturaleza lo siente.

Respiró con dificultad.

—Todos los animales alrededor comparten un poco de nuestro dolor.

—Entonces deja de hablar como si fueras a morir.

Él no respondió a eso.

Miró hacia el cielo por un momento.

—Aunque seguimos avanzando… siento que me estoy apagando.

Su voz se volvió más frágil.

—Mis ojos… ya no funcionan como antes.

Ella comenzó a entender algo que no quería aceptar.

Ayudarlo… tal vez sería inútil.

Cuando finalmente entraron en la casa, lo ayudó a sentarse.

Le ofreció comida.

Y también agua.

Él observó durante un instante aquel alimento humano.

Luego sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Casi agradecida.

Y comió.

Ella creyó que lo hacía para recuperar fuerzas.

No sabía que él acababa de elegir una forma más rápida de morir.

Afuera, el réquiem continuaba.

Y en el fondo de su corazón, ella ya sabía que el tiempo se estaba agotando.

Capítulo VI

Un viento suave comenzó a golpear las ventanas de la casa.

El ángel caído levantó lentamente la mirada.

Sabía lo que significaba.

Su ejecutor había llegado.

Mientras una presencia oscura rodeaba la vivienda, él se volvió hacia ella.

—Escóndete —le dijo con calma—. Todo pronto acabará.

—No voy a dejarte solo.

—No te lo estoy pidiendo.

Ella quiso responder, pero afuera se escucharon pasos lentos acercándose a la puerta.

Luego, una voz.

—Hace años que no escuchaba la melodía de réquiem de la naturaleza.

Una breve risa fría acompañó sus palabras.

—Es un sonido extremadamente fino… para un ser deplorable como tú.

La presencia se detuvo frente a la puerta.

—Así que me he adelantado a sacarte de tu miseria.

El ejecutor parecía disfrutar cada palabra.

—Pero no creas que estás solo.

Su tono se volvió más oscuro.

—Justo como el hilo del destino lo quiso… te has acercado lo suficiente para traerme también a ese cáncer que contaminaste con tu sangre.

El silencio llenó la habitación.

—Así que serán dos cuentas cerradas en un solo movimiento.

El ángel caído cerró los ojos por un instante.

Luego respondió con una voz tranquila:

—Por favor… perdónala.

Respiró con dificultad.

—Ella solo necesitaba vivir. Su vida es pasajera comparada con la tuya. La mía ya se está extinguiendo.

Después añadió algo que hizo que la muchacha lo mirara con horror.

—Para acelerar el proceso… he comido comida humana.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Eso es veneno para nuestra gente.

La muchacha recordó la forma tranquila en que había aceptado el alimento.

Comprendió entonces que él le había pedido comida no para salvarse, sino para impedir que su agonía se prolongara y, quizá, para quitarle al cielo tiempo suficiente para utilizarla contra él.

—Tú… —susurró ella.

Pero el ejecutor no le permitió terminar.

—Patético.

El ángel continuó:

—Así que puedes estar en paz. Nunca quise que se involucrara.

Sus ojos se suavizaron.

—Pero una parte de mí… quería ser salvada.

Hizo una pausa.

—O al menos sentir que no moriría solo.

—Que alguien… me recordaría.

La puerta se abrió con violencia.

El ejecutor entró.

Sus alas majestuosas se desplegaron lentamente mientras se elevaba unos centímetros sobre el suelo.

—Ya no tienes salvación.

El ángel sonrió con cansancio.

—Y a mí… ¿qué me importa?

El ejecutor levantó el mentón.

—Nuestras leyes son absolutas.

Su voz resonó como un veredicto inevitable.

—Y no dejaré cabos sueltos… por más insignificantes que sean.

Levantó su espada.

El ángel caído, aun en su estado miserable, se puso de pie.

No para salvarse.

Sino para ofrecer una última batalla.

Ya no luchaba por él.

Luchaba por la vida de ella.

En su ceguera creciente… en su incapacidad… en su cuerpo quebrado…

quería salvarla a cualquier precio.

Pero ¿qué podía hacer en ese estado?

Mientras tanto, ella comprendió algo terrible.

Por más que huyera…

la perseguirían.

La cazarían.

Hasta exterminarla.

Así que salió de su escondite.

De su pequeña ratonera.

Y caminó hacia la sentencia.

Capítulo VII

Como un ser indefenso avanzó hacia la escena.

El ángel caído ya casi no podía percibirla.

Su visión se había apagado por completo.

El ejecutor, en cambio, la vio inmediatamente.

Una sonrisa cruel apareció en su rostro.

—Así que… las dos presas han decidido ofrecerse voluntariamente a su muerte.

Su risa resonó dentro de la casa.

—Eso me agrada.

Carcajeó con satisfacción.

—Será mucho más sencillo de lo que esperaba.

Ella respiró profundamente.

Y en medio del miedo, un pensamiento se formó con claridad.

Si mi vida me fue dada por él… entonces debo luchar como él lo hizo.

Unos versos antiguos, casi una despedida, atravesaron su mente.

Duele ver sangrar lentamente su piel,
abandonado y caído de su paraíso.
Con todo lo que era.
Con todo lo que había ofrecido a los suyos.

Ella cerró las manos.

—Mi última acción… será morir con honor —susurró.

En ese momento el cuerpo del ángel caído comenzó a colapsar.

Su estómago se retorció violentamente.

De pronto se inclinó hacia adelante y vomitó sangre.

La muchacha corrió hacia él para socorrerlo.

Pero algo la detuvo.

Una espada gigantesca, dos veces más grande que ella, se clavó frente a su camino.

El ejecutor la había detenido.

Mientras tanto, el ángel caído seguía tosiendo.

Tosía y tosía sangre.

Había perdido otro sentido.

Ahora solo le quedaba la audición.

La voz del ejecutor resonó con desprecio.

—Me gusta ver cómo este bastardo se retuerce.

Una sonrisa cruel acompañó sus palabras.

—Es lo mínimo que merece.

El ángel cayó de rodillas.

Esperaba su muerte.

Y en la oscuridad completa de sus ojos apareció una imagen.

La vida que ella habría tenido…

si nunca se hubiera cruzado con él.

La imaginó formando una familia.

La imaginó feliz junto a sus hijos.

La imaginó viviendo hasta una tranquila vejez.

Y tal vez…

solo al final de su vida…

él habría podido verla otra vez.

Pero todo había resultado diferente.

Todo había cambiado.

Solo por haberse cruzado con ella.

Perdóname…

Perdóname, por favor…

Ella dio un paso atrás.

Como un animal asustado.

El ejecutor levantó la espada, listo para ejecutar su sentencia.

Pero en ese instante algo se abalanzó sobre él.

Era ella.

Había saltado con todo lo que tenía.

El pañuelo teñido de sangre púrpura rozó el rostro del ejecutor y le hizo perder un segundo.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

El ejecutor respondió con furia.

La tomó y la arrojó contra la pared con toda su fuerza.

El golpe resonó como un trueno dentro de la casa.

Sus costillas y extremidades se quebraron al impactar.

El ángel caído escuchó aquel sonido.

Y algo dentro de él reaccionó.

Con la poca fuerza que le quedaba, sacó su daga.

No podía ver.

No podía saber dónde estaba su enemigo.

Solo siguió el sonido de su respiración.

Y lanzó.

La hoja encontró su objetivo.

Se clavó en el estómago del ejecutor y lo abrió como una caja de música rota.

Un sonido extraño llenó el aire.

Afuera, los animales del bosque comenzaron a aullar.

Sus cantos acompañaron aquel réquiem.

El ejecutor cayó de rodillas, sorprendido de que un ser al que consideraba acabado todavía pudiera herirlo.

El ángel caído, ciego y sin fuerzas, comenzó a buscarla.

Con desesperación.

Extendía las manos temblorosas sobre el suelo.

Solo quería sentirla.

Solo quería saber que estaba bien.

Solo quería que lo perdonara.

Ella, tendida junto a la pared, veía una silueta arrastrarse lentamente hacia su cuerpo.

Su propia visión se apagaba.

Ya no podía distinguir si aquello que se acercaba era amigo…

o enemigo.

Y en ese instante…

simplemente aceptó su final.

El ángel siguió avanzando hasta tocar el pañuelo púrpura.

Lo reconoció con los dedos.

—Ahora… no tengo nada más que darte…

Su sangre ya estaba contaminada por el veneno humano, pero todavía conservaba aquello que una vez había salvado a la niña junto al río.

Vida.

Se arrastró un poco más.

Cada centímetro parecía una eternidad.

La llama de su existencia se estaba apagando.

Con las manos temblorosas tanteó el rostro de la muchacha hasta encontrar su boca.

Entonces estrujó el pañuelo empapado de su sangre.

Una gota cayó sobre sus labios.

Luego otra.

Y otra más.

Mientras la muerte se acercaba, él aún tenía fe.

Fe en poder salvarla.

Entonces ocurrió.

Una de las aves dejó de cantar el réquiem.

Su voz cambió.

Después cambió otra.

Y otra.

Hasta que el bosque entero respondió.

Ya no era un réquiem.

Era una ópera.

Una ópera de salvación.

Una ópera de vida.

Una ópera de felicidad.

Los animales del bosque lloraban…

pero ya no eran lágrimas de tristeza.

Eran lágrimas de esperanza.

Las gotas púrpura comenzaron a devolverle lentamente la vida a ella.

Primero pudo respirar sin sentir que el pecho se rompía.

Después movió una mano.

Luego, con un esfuerzo doloroso, se arrastró hacia el ángel.

Él seguía allí.

Sin visión.

Sin fuerzas para sostenerse.

Sin voz para pedir nada más.

Solo le quedaba la audición.

Ella alcanzó su mano.

El ángel se estremeció al sentirla.

Y desde lo más profundo de su corazón, la muchacha susurró:

—Gracias.

Él la escuchó.

Una última sonrisa apareció en su rostro.

Entonces la última vela de su vida se extinguió.

Así, nuestro ángel sin alas falleció exactamente como lo había deseado.

Al lado de alguien que podía verlo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sin estar solo.

Capítulo VIII

El ejecutor, desangrado, llamó al juicio en su último suspiro.

El cielo se abrió una vez más.

Las figuras descendieron y rodearon la casa.

No entraron.

Solo observaron.

Después de unos instantes, uno de ellos habló:

—En esta tríada hemos perdido a dos de los nuestros.

El silencio cayó sobre el bosque.

Luego sus miradas se posaron sobre la muchacha.

—Niña, te dejaremos vivir.

Su voz no tenía compasión.

—Pero cargarás con el peso de lo que ocurrió aquí.

—Has recibido la vida de uno de los nuestros… y has terminado con la de otro.

Las alas se agitaron lentamente en el cielo.

—Ese será tu castigo.

—Siéntete feliz o triste.

—Eras, al mismo tiempo, una mártir… y una ejecutora.

La muchacha levantó la mirada.

Quiso preguntarles por qué llamaban castigo a seguir viva.

Quiso preguntarles por qué la compasión de uno valía menos que las leyes de todos.

Pero las figuras ya habían desaparecido.

El bosque quedó en silencio.

La muchacha, agotada, se quedó dormida apoyada sobre la espalda de aquel ser que nunca tuvo nombre.

Cuando despertó…

los cuerpos habían desaparecido.

Todo parecía haber sido un sueño.

Un sueño largo y extraño.

Se puso de pie lentamente.

—Tal vez… solo fue eso.

Comenzó a caminar hacia el río.

Entonces lo vio.

Entre las piedras brillaban los pequeños zafiros que una vez había arrojado al agua.

Se detuvo.

Los tomó entre sus manos.

El sol atravesó el púrpura y dejó una pequeña mancha de luz sobre su piel.

Y en ese instante recordó todo.

Recordó la batalla en el cielo.

Recordó las alas destrozadas.

Recordó la sangre.

Recordó el réquiem.

Recordó la ópera.

Y, sobre todo, recordó su voz.

Todo había sido real.

Levantó la mirada hacia el cielo.

—¿Cómo pudiste salvarme… no una, sino dos veces?

El viento atravesó el bosque.

Ella cerró los ojos.

Incluso cuando ya no tenía nada a su favor…

él la había salvado.

No porque esperara una recompensa.

No porque el cielo se lo hubiera ordenado.

Sino precisamente a pesar de él.

Y lo entendió entonces.

Él era…

y siempre sería…

su ángel guardián.

No porque hubiera obedecido al cielo.

Sino porque, cuando el cielo le ordenó mirar hacia otro lado, él eligió salvarla.

Fin del cuento 1

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